Estamos a unas horas de terminar este año y quería dedicar unas cuantas líneas a este 2025 que ha sido de muchos dulces y amargos, tantos que me es difícil definirlo de una forma global en mi cabeza. Tengo el sentimiento de que ha habido en exceso momentos difíciles y pequeñas victorias que me han hecho mucho más resiliente pero que me han alejado bastante de vivir tranquilo y enfocado en el presente. Me he convertido en una máquina de resolución de problemas que logra mantenerse a flote con la dopamina que viene después de cada uno de esos momentos.
Ha sido un camino largo y solitario, lleno de reflexión, esfuerzo y trabajo que no ha culminado necesariamente en mejoras tan significativas como me hubiera gustado, pero sí en aprendizajes e introspección. Y el haber caminado esta senda es justo lo que hoy me permite traer algunos recuerdos que traeré a las letras, recuerdos que existieron, recuerdos que sentí y recuerdos que vi a través de mi lente.
Comencé el año en el avión —un símbolo que ha estado presente a lo largo de mi juventud— luego de haber pasado las fiestas con mi amigo Arnau y su novia en Cataluña. Fue una buena introducción para este 2025; conecté con viejas amistades para buscar ahora nuevas personas con quién compartir mi entorno en Francia. Fue un viaje bastante bonito donde me di cuenta que era el momento de buscar otro lugar en dónde crecer —y esto es culpa de Barcelona que lo tiene todo y que me hizo sentir que pertenecía más ahí que a Estrasburgo; ya entiendo a todos los extranjeros que terminan viviendo ahí. Así que el objetivo del año fue buscar en dónde.
Con esto en mente, regresé a Alsacia en pleno invierno: noches largas y mucha niebla —aunque para ser justo, tengo que decir que en esta ocasión hubo mucha menos lluvia y lo disfruté más que los pasados. Y fue en este ambiente que pude reconectar con uno de mis placeres de niño: los videojuegos. Puse en marcha mi Nintendo Wii y finalmente pude pasar Super Mario Bros y Super Mario 64 —con las 120 estrellas. Por alguna razón, especialmente en este año, he restablecido contacto con mi niñez. Esto me ha permitido entenderme mejor y sanar bastantes cosas —a pesar de que el precio a pagar haya sido abrir muchos de mis miedos, aunque era necesario, y más vale temprano que tarde.
Y pues este niño de 29 años no nació rico, así que durante todo este tiempo me tocó estar trabajando. Seguí con mi empleo de programador y yendo en la semana a Saverne en tren. Si bien no era la rutina que más me agradaba, me daba la oportunidad de hacer otra de las actividades que disfruto desde muy joven que es la lectura. 2025 ha sido el año de la psicología, filosofía e historia en TER. Mis ojos vieron pasar libros como Sapiens: A Brief History of Humankind, The Anxious Generation, Le Surdoué et l’Amour, Être Un Adulte Surdoué y La Teoría Sintérgica.
Ya en la noche, luego de ganarme mis euros honradamente, estuve viendo muchos videos de la historia de México. Esto me permitió replantearme el trauma de la conquista que considero nos afecta a muchos mexicanos. Reafirmé mi identidad como mestizo y sobre todo comencé a desafiar las ideologías históricas con las que nos han adoctrinado no solo a nosotros, sino a todos los ciudadanos del mundo. Y ya encarrilado, puse en tela de juicio todas las ideologías contempóraneas que nos están dividiendo y que nos han terminado por afectar tanto a nivel individual como a nivel social.
Así, en esta mitad de la tercera década del siglo XXI me ha puesto a cuestionar mi atmósfera y cómo permea hacia mi persona. Me interesé por el comunismo y el capitalismo, las guerras mundiales, el colonialismo, el Imperio Romano, la Revolución Francesa, las trece colonias, la Revolución Industrial, los pueblos indígenas, los pueblos turcómanos, el surgimiento del Islam, las Cruzadas, China, el Medio Oriente, la URSS, la formación de la OTAN, la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín, es decir, en todos los procesos históricos que han llevado a las sociedades al punto que estamos hoy. Un punto bastante interesante en el que inicia un proceso de desglobalización y la formación de tres bloques mundiales: EEUU, China y Rusia y que se superpone con la nueva revolución tecnológica de la inteligencia artificial.
Pero bueno, la idea de este artículo no es hablar de historia sino de mi año, y un evento muy importante llegó en abril. Regresé a México tan solo unos pocos meses después de mi última ida porque mi hermano celebró su boda. Damaris y Saúl llevan años juntos y son de esas parejas que dices: —el amor sí existe. Mi hermano y yo conocimos a Damaris en un partido de fútbol; había integrado ese equipo por mi amigo de la universidad, Hiram. Él dejó de ir, pero yo seguí asistiendo —porque me encanta ser portero y tengo que decir que es una de mis pasiones que me hubiera gustado desarollar más junto con el tenis— y en alguna ocasión empecé a invitar a mi hermano. Otro jugador hizo lo mismo con la que iba a ser mi cuñada y así comenzó su amor.
Y, para conmemorar este evento, organizaron un partido entre las dos familias de los novios: “La Boda 2025”. El partido estuvo muy entretenido, dos goles de Saúl iniciando el primer tiempo y otro más de Damaris antes de que acabara el mismo. Para el segundo tiempo, la balanza se inclinó hacia el equipo de la novia, donde mi cuñada marcó el empate y su papá la ventaja 3 a 2. Casi por terminar el encuentro, mi hermano igualó la pizarra, y faltando nada, el equipo de la novia se puso a la delantera por un tanto. Cuando todos nos daban por muertos, nuestro capitán anotó su cuarto de la tarde y selló el marcador. Este encuentro lo grabé con mi celular, y mi mamá hizo algunas tomas, y con esto mi proyecto del último trimestre del año fue editar profesionalmente este evento tan divertido. Aquí pueden ver mi regalo de Navidad para los novios.
Llevan no sé si 5 o 6 años juntos, pero a todos nos dio gusto que se casaran. Se comprometieron en Estrasburgo —fui un gran cómplice como se pueden imaginar— el año pasado y todos estábamos ansiosos por la boda. La ceremonia fue muy familiar, como es parte de nuestra esencia, y luego de darse los anillos, las arras y ponerse el lazo, se dieron el sí. Fui padrino de arras junto con mi hermana y me sentí muy orgulloso de desempeñar este papel —me es muy importante estar presente para mi familia. Luego del beso y de llevarle las flores a la Vírgen, como la tradición mexicana exige, los novios partieron de la Iglesa como pareja oficial hasta reencontrarnos mas tarde en la pista de baile. Fue una de esas noches que no paré de bailar. Simplemente la pasé increíble, y traté de disfrutarlo al máximo sabiendo que yo vivo en Francia y que no es algo que podía hacer frecuentemente.
Para todo esto, hay que decir que tuve que volver a ir a la Iglesia y confesarme puesto que yo era un padrino. Y esto no lo digo como simple dato curioso, sino porque el 2025 significó para mí volver a acercarme a una espiritualidad religiosa. Yo creo que esta inquietud ya la traía desde que Clara —quien entró al convento— junto con mi alergóloga y mi mamá me hablaron de la religión católica y de la importancia de estar conectado con un ser superior.
Esta curiosidad se acrecentó en junio cuando fui a Turquía. Como lo saben, este país es musulmán y llegando ahí esto se puede respirar en cada rincón. Influenciado por mis vecinos norteamericanos, siempre tuve la idea de que los musulmanes eran unas personas que vivían como en un otro planeta —a pesar de que yo tengo muchos amigos que comparten esta religión—, cuyos modos y costumbres eran tan diferentes que el entendimiento y la tolerancia eran prácticamente imposible. Y grande fue mi sorpresa cuando me di cuenta que esta suposición estaba totalmente errada. Tenemos muchos más puntos en común de lo que podía imaginar —sobre todo con nosotros los mexicanos—, incluida la religión.
Cuando entré por primera vez a una mezquita, me quedé impresionado por la belleza del sitio. La puedo describir como un lujo muy sobrio: se notaba la dedicación puesta en su construcción, se podía apreciar la estética, pero al mismo tiempo, tenía sólo lo suficiente. No estaba cargada de imágenes o de decoraciones como en la iglesia católica —sobre todo hablando de la época barroca. Y este fue uno de los principios que más me gustó. Erdem, el guía turístico de un tour que tomé nos explicaba que a diferencia de las religiones cristianas, los musulmanes creen que es imposible reflejar a Dios, por ello, la manifestación de su creencia se enfocó en la arquitectura, en su increíble caligrafía —Erdem nos explicó que es por esto que no hay grandes pintores como Miguel Ángel, sino grandes calígrafos— y en un acercamiento hacia Él a través de la oración, sin intermediarios como los santos. Otras de las ideas que encontré singulares fue el tener que lavarse antes de entrar a la mezquita, el sentido de comunidad, el objetivo de una vida familiar, el cuidar el cuerpo con la prohibición del alcohol, el rechazo hacia la promiscuidad y una rutina de oración.
Tengo que decir que todo esto me pareció muy interesante. Obviamente que no hay panadero que venda pan frío y era seguro que me iban a hablar del Islam como una religión interesante, pero es verdad que el hecho de representar a Dios como hijo y espíritu al mismo tiempo, la existencia de los santos —de quiénes he leído algunas historias y la santidad les queda lejos— y el fanatismo de muchos católicos hacia ellos, la investidura de un padre —quien es tan humano como yo— como médium para llegar a Dios, la confesión y muchas otros aspectos me parecieron siempre confusos y que no me acercaban a una espiritualidad sincera. Esto junto con ciertas vivencias que tuve dentro de la iglesia católica me hicieron simplemente alejarme de la religión como medio de búsqueda de un sentido de conexión espiritual porque la sentía false e hipócrita.
Hoy sigo un poco renuente, pero estoy abierto a la búsqueda. Hay una pregunta fundamental que muchos teólogos y filósofos se hacen: ¿el humano busca a Dios porque Él le puso ese instinto para que lo hallase o es sólo una forma de lidiar con nuestro vacío existencial y la muerte que de otra forma sería muy difícil conseguirlo, incluso imposible? Luego de leer Being You: A New Science of Consciousness el año pasado —o sea el 2024, no 2025—, me inclinaba más por la segunda opción, pero hoy en día mi mente —y tal vez mi alma o mi espiritu, no lo sé— me empieza a decir que hay posibilidades de que sea la primera.
Mi reflexión es ésta: tenemos sentidos y conciencia que nos dan una interpretación limitada del mundo. No podemos ver los rayos infrarrojos o ultravioleta, solo captamos sonidos de entre 20Hz y 20kHz, hay muchos olores y sabores que no podemos sentir y nuestra piel distingue texturas solo entre más o menos 5 y 1000Hz, y esto es solamente hablando en términos de sentidos conocidos. Yo no puedo asegurar que no hay otro tipo de sustancia, energía o ser. Y para empeorar todo, nuestra percepción es completamente creada, no existe como tal, es sólo una representación, y parece ser que su fin es simple y llanamente la mera supervivencia. Es virtualmente imposible captar la realidad tal y como es. Y agreguemos otra capa, la cuántica muestra que el observador influye en el comportamiento de las partículas —por cierto, uno de los experimentos más interesantes que vi este año fue el de la elección retardada de Wheeler. Y si queremos ir más allá, todos los eventos que captamos de nuestro exterior son pasados, ninguno está en el presente. Esto suena obvio cuando escuchamos que los destellos que vienen de las estrellas está a varios años luz, pero esto sigue siendo igual de válido para los fotones que salen de la pantalla de tu computadora o del sonido de los pájaros en la mañana. En resumen, sentidos limitados, interpretación limitada, interferencia en la realidad e imposibilidad de presenciar el presente. Todo esto para decir que, con nuestra representación del universo tan sesgada, me parece completamente arrogante asegurar categóricamente que no existe nada más, incluso un dios.
Y fuera de todo esto, simplemente me he sentido mejor con la primera opción. Aunque suene a cliché, cuando he confiado y he depositado mis preocupaciones en un ser superior, las cosas han ido mejor. No sé si sea un efecto placebo que provoque que me siente más tranquilo, pero todo ha ido mejorado. Como decía anteriormente, no ha sido tan significativo como lo que busco, pero este año ha sido uno de cambios, y todo fue frenético, en cuestión de unas semanas entre octubre y noviembre.
Primero tengo que contar que, como contaba anteriormente, yo buscaba cambiar mi situación en Estrasburgo, y aunque no fue completamente lo que quería, conseguí dejar mi departamento de 20 metros cuadrados por uno de 60 cuando que mi amigo Matthieu me dejó —no lo dije antes, pero en abril él vino conmigo a conocer Juárez y a mi familia, y según lo que me relató después, esto lo influyó para regresar a México; hoy está viviendo en Guadalajara tratando de poner su negocio y se siente más feliz, que es lo más importante para mí— y también conseguí un nuevo trabajo como tech lead de inteligencia artificial en una empresa en Estrasburgo. Pequeños cambios que lograron mejorar mi situación.
Sin embargo, todo esto se vino abajo cuando, luego de renunciar, me enteré que la persona que me contrató se había ido de la empresa. Aparte de esto, yo aún no tenía contrato e iba a iniciar en periodo de prueba. Esto me hizo sentir en una situación muy inestable. Y luego de no dormir varios días, fiel al insomnio que me ha acompañado desde mi llegado a Francia, me llegó una oferta de Luxemburgo. Al principio no estaba convencido porque significaría dejar a mis amigos, el nuevo departamento y partir a la aventura desde cero, pero lo que no estaba viendo es que era justo lo que buscaba: un lugar nuevo, gente nueva y un ambiente laboral internacional. Reflexioné bastante, pedí consejo y al final lo decidí: acepté la oferta.
Hablé con mi empresa y negociamos el cambio de mi fecha de salida hasta finales de noviembre en lugar de septiembre, cancelé la promesa de contratación con la otra empresa francesa —y esto ha sido de las cosas más difíciles que he hecho porque tocó fibras muy sensibles de mi ser puesto que siempre he estado acostumbrado a ser leal y complaciente con los demás, incluso a costa mía, pero me da gusto que logré poner mis necesidades antes que las de una empresa— y hablé con la dueña de mi departamento cuando conseguí mi departamento actual en Thionville. Y así, en menos de dos meses, me fui a trabajar a otro país, saqué mi licencia de manejar francesa—una experiencia muy intensa, por cierto—, manejé un camión de mudanza de Estrasburgo a Thionville, cambié de ciudad, inicié mi proceso de naturalización francesa, vendí muchos muebles, me compré un Nintendo DS, dije adiós a amigos e inicié esta nueva vida en la que me encuentro actualmente.
Todo esto precedido por un viaje a México que había preparado como transición entre mi antiguo trabajo y el que se suponía sería mi nuevo trabajo en Estrasburgo. No obstante, la razón principal era celebrar uno de los eventos que me marcaría este año: el inicio de mi cuarta década de vida. Una fecha bastante temida por mí pero que al final llegó porque el tiempo no perdona y no soy ajeno a él por más que me gustaría serlo. Y ésta la quería vivr con mi familia en casa. Así que como lo hice en una ocasión anterior, preparé la sorpresa y volé hacia Ciudad de México con mis cómplices las dos Teres —mi tía abuela y bisabuela— y pude conectar nuevamente con mi familia. Comimos, bailamos y nos abrazamos —por cierto, me sentí un galán cotizado con las señoras del centro comunitario para adultos mayores a donde va mi tía. Y con energías recargadas volé hacia Cd. Juárez.
Tomé de nuevo la famosa ruta y luego caminé hacia casa mientras sentía el sol juarense pegarme en mi frente. Toqué el barandal para luego ser recibido como siempre por los seres maravillosos que son mi mamá y hermana. Me sentí de nuevo en mi rincón seguro, y comí la comida mexicana casera que tanto me gusta. Abracé con muchas ganas a esas dos integrantes de mi familia a quienes extraño tanto y que me permitieron volver a sentir cercanía humana después de tantos meses de frío emocional europeo. Dos días después ya estaba celebrando mi cumpleaños con toda mi familia junto con Matthieu que quiso venir a celebrarlo —y quien fue una celebridad para las chicas, sobre todo mi abuela. Las semanas que concurrieron me permitieron ver a mis amigos y festejar a lo mexicano, algo que ya me hacía falta.
Y como todo lo que sube tiene que bajar, llegó una vez más el momento triste de la despedida. Entre abrazos y llantos nos volvimos a decir adiós y así, haciendo escala en Guadalajara, llegué a Oaxaca. Éste ha sido uno de los sitios más maravillosos en los que he estado. Un lugar con cultura, historia, arquitectura, gente simpática y sobre todo muy buena comida. Probé las tlayudas, el mole y los tacos de cabeza —sin albur— y quedé fascinado del gran sabor de lo mexicano. Conocí igualmente las ruinas arqueológicas de Mitla y me pasée en las impresionantes iglesias coloniales, haciéndome sentir orgulloso de mi herencia indígena y española. Y como buen pachangero, bailé bachata en mi hostal y terminé yendo a un antro después de mucho tiempo de no hacerlo, conociendo sobre todo a europeos y hablando inglés y francés a pesar de mi resistencia por querer hablar mi idioma natal.
Con este buen sabor de boca me fui a la playita porque el cuerpo lo merece y conocí el paraíso terrenal de Puerto Escondido. No entiendo por qué no lo había visitado antes. Es de los lugares que más he disfrutado, no sólo por su agua azul y porque me la pasé comiendo, sino porque pude conectar con la naturaleza. Nadé en esas sorprendentemente cálidas aguas del Pacífico, admiré la vegetación, sentí la brisa marina en mi rostro y, la experiencia que más me marcó, ayudé a la liberación de tortugas marinas. Unas criaturas más pequeñas que mi dedo meñique pero que contaban con el brío de todo ser que comienza su camino. Sus enormes ganas de vivr y tragarse el mundo me transmitieron la fuerza que justo necesitaba cuando había empezado a olvidar el hambre que yo también tenía por triunfar y avanzar en este mundo.
Sentí cariño por estas tortuguitas, así como por fin logré experimentar ese afecto con los demás seres vivos. Porque sí, de tan humanista que soy, en mi vida nunca me sentí cerca de este contacto con los animales y las plantas, y no lograba entender como las personas podían encariñarse tanto de sus mascotas si solamente eran “un perro” o “un gato”. Y sí, este 2025 marcó un antes y un después en mi conexión con la naturaleza y me siento tan afortunado con el universo de poder sentirla. Y esto, junto con otras cosas, se lo tengo que agradecer a mi amigo francés más mexicano. Matthieu me invitó a mediados de año a la equitación en Estrasburgo y, cuando toque a mi yegua y sentí su respiración, fue como si nuestras almas se conectaran —suena bien cursi lo que acabo de decir pero no me importa, en verdad sentí como si nos uniéramos tal y como lo mostraban en la película de Avatar. Seguí buscando la naturaleza, caminé con los pies desnudos en el pasto, sentí el agua de los ríos y acaricié otros animales con respeto y empatía.
Un aspecto que estuve explorando igualmente fue el aspecto amoroso —el afecto fue esta vez con las humanas. Me da gusto que me di la oportunidad de conocer a nuevas chicas y tratar de formar relaciones. Fue un año especialmente loco porque mis experiencias llegaron en lugares que yo no me imaginaba. Cafés, viajes, caminatas, lagos, ríos y bailes que terminaron en pláticas interesantes con una compañía presente. Este rubro de mi vida siempre se me ha complicado. No sé por qué a lo largo de mi historia me cuesta bastante que me guste alguien. Sin embargo, me he abierto a compartir con otras personas y he llegado a volver a emocionarme por alguien después de tanto tiempo, quizás no tan fuerte como en otros momentos, pero he podido comprobar que aún puedo sentir. No obstante, por diversas razones, esto no ha concluido en una relación a largo plazo.
A veces me da miedo pensar que no voy a poder conectar con una persona a nivel profundo y formar una relación estable. Y esto es multifactorial: 1) tengo la fuerte sospecha de que soy HPI, lo que significa altas exigencias para la búsqueda de una persona y dificultad para conectar en temas de interés; 2) la sociedad moderna nos ha hecho esclavos del placer instantáneo y nos cuesta —me incluyo— formar vínculos duraderos, ya sea por buscar mucha emoción en las relaciones o por ser adictos a estar en la casa en redes sociales, viendo películas o jugando videojuegos, lo que impide salir a conocer personas; 3) por mi edad, los espacios para encontrar gente se han reducido considerablemente y busco relaciones más profundas que lo que hacía antes; 4) y, finalmente, estoy en una cultura muy ajena a la mía, donde los valores europeos no coinciden con mis valores católicos mexicanos del norte en asuntos como el consumo de alcohol, sexualidad, expresividad y objetivos de vida —no digo que ninguno de los dos esté mal, simplemente no empatan, y esto me costó entenderlo porque yo quise mimetizarme sintiendo que yo estaba mal para terminar por darme cuenta de que ya no era yo y que me sentía peor que antes. No tengo solución al respecto, más que seguir intentando, pero honestamente cada vez se vuelve más pesado encontrar motivación para hacerlo.
Y tal y como decía, me di cuenta de que la gente hace su vida: mi hermano se casó, Matthieu dejó su trabajo en Francia para vivir en Guadalajara, mi amiga Fernanda se fue a vivir a la frontera franco-suiza con su novio. Parece tonto, lo sé, pero me ha costado entenderlo. Todos han hecho su vida y es el momento para mí de hacerlo. Uno de los logros del 2025 fue justamente recoger mi título de maestría en abril, un documento que me costó bastante esfuerzo puesto que fue en un 2022 en el que se traslaparon el trabajo, los estudios, el gimnasio, la dieta y los trámites para ir a Francia. Y fue significativo porque cuando lo recogí, no estuvo nadie a mi alrededor, un evento que se ha repetido en algunas ocasiones —navidades, viajes, enfermedades, etc. Esto para mí es una señal que toca encontrar mi tribu. Sé que mi familia siempre estará ahí si lo necesito, pero ellos están haciendo su vida, y que como las tendencias socio-psicológicas contemporáneas modernas lo marcan, debería poder valerme por mi mismo; sin embargo, sigo siendo un ser social y necesito de gente cercana. Así que este nuevo año marca para mí la búsqueda de mi red de apoyo con valores y pensamiento afines a mí. Una de mis metas es poder hacer efectiva la transición de mis 20s en donde era social sin filtros a poder escoger personas que sumen en mi vida y con quién yo pueda construir.
Así, establezco un recuento de estos 365 días. Ha sido un año de construcción interna como los anteriores pero en el que me he dado cuenta que ahora toca construir también en mi exterior. Una de los sucesos más importantes durante el 2024 y que me permitió avanzar a pasos agigantados fue el de tomar responsabilidad y dejar de esperar que la ayuda venga de fuera, es decir, dejar un poco la mentalidad de víctima y comenzar a tomar el control de mi propio destino. Para el año 2025, mi gran cambio de mentalidad fue el de dejar de recibir solamente para empezar a dar. Y no fue hasta ahora por egoísmo, sino porque no me sentía en capacidad de hacerlo. Pero hoy me siento listo para compartir los frutos de mi trabajo, educación y aprendizajes. Y junto con esto, ha venido algo muy bonito para mí, que es el poder reconectar con otras personas.
De esta manera, este año que acaba significa el inicio de una nueva etapa y que me abre un nuevo mundo de oportunidades que se convierten en la motivación para los nuevos proyectos. He conocido a gente muy interesante de quienes he aprendido mucho y que yo espero haber aportado algo. Tuve la oportunidad de conocer lugares tan interesantes en los que nunca me imaginé estar. Cambié de residencia y de trabajo —y de país laboral— lo que representa un crecimiento en mi carrera laboral. Pude profundizar en el mundo de las ideas desde muchos puntos de entrada, concediéndome consolidar mis ideas y visión universal, así como aumentar mi pensamiento crítico. Y sobre, todo fue un año de conexión conmigo mismo que me ha permitido reevaluar mi ruta y estar más seguro de mi plan de vida.
Y ya para finalizar este recuento, me gustaría plasmar mis propósitos y lo que espero del nuevo año entrante. El mundo está en un proceso complejo de desglobalización y de formación de nuevos bloques económicos y políticos que van a generar fricción en los Estados actuales. Deseo que este proceso se haga de la manera menos destructiva y que termine beneficiando a la mayor cantidad de personas, asegurando sobre todo que no haya ningún abuso hacia nadie. Personalmente, me gustaría seguir creciendo sobre todo en los aspectos académicos, laboral y relacional. Uno de los proyectos que tengo para el 2026 es el de comenzar la licenciatura en Psicología, donde espero ser aceptado y encontrar siempre la curiosidad que me sirva de combustible para terminarla. Del mismo modo, quisiera volverme un referente en IA en mi nueva empresa y poder adquirir tantos conocimientos como sea posible para ser un experto en el tema y poder comenzar a crear material al respecto —esto incluye finalmente publicar los artículos científicos que ya tengo arrastrando algunos añitos. Finalmente, quisiera para este nuevo año aprender a relacionarme de una forma empática y auténtica y que pueda encontrar personas en quien confiar y ser lo suficientemente capaz de que ellas puedan confiar en mí, logrando construir y mantener armonía y paz en mi entorno personal con las personas que me importan ahora e importarán en el futuro.